Acerca de (Música)

Cada vez que me reúno con un grupo de estudiantes de música pienso que yo podría haber sido uno de ellos. Me refiero a uno de esos jóvenes que aspiran a formarse en un conservatorio para dedicar su carrera profesional al arte musical. Este pensamiento, que es más bien reciente, encierra una mezcla de sana envidia y de incómoda frustración. Y si puedo decir que ninguna de las dos me quitan el sueño, en algunas ocasiones tengo el convencimiento de que en mi próxima vida no dejaré pasar la oportunidad.

Mi relación con la música comenzó hace muchos años, cuando en el colegio aprendí a tocar la flauta dulce. A mí aquello me parecía de lo más fácil que podría aprenderse en una escuela. El profesor nos daba unas nociones y los alumnos teníamos que conseguir sacar la melodía esperada. Mientras muchos de mis compañeros se desesperaban en el manejo de aquel instrumento, yo recuerdo que no me suponía ninguna dificultad. Incluso me permitía el ir probando con melodías que escuchaba en la televisión o con otras que yo mismo inventaba. Pero puedo decir que aquí empezó todo y en el mismo lugar acabó. No era el lugar ni el momento para que yo me dedicara a estudiar música. Era el momento de que fuera al instituto a estudiar algo de provecho, cosa que hice.

En mi casa la música no era concebida ni como arte ni como medio de vida. De ahí que ni yo mismo tuviera ni siquiera noción de esta posibilidad. Sí que recuerdo que solía ir por mi casa experimentando con mi propia voz, haciendo gorgoritos para buscar todas las formas sonoras que encontrara. Simplemente me parecía interesante descubrir las posibilidades de  mis cuerdas vocales. Esta extraña afición se acabó el día en el que mi padre, supongo que cansado de escuchar sonidos sin ningún sentido y preocupado tal vez por mi salud mental, me dijo que hiciera el favor de callarme porque parecía subnormal. Ante una descripción tan clara de la realidad no me quedó más remedio que hacerle caso durante una larga temporada.

En el instituto tuve la oportunidad de continuar con mis “estudios” musicales. En primero de BUP la asignatura de música consistía principalmente en estudiar la historia de la música y en escuchar grabaciones de música clásica. Esta semilla que hoy encontraría un terreno fértil para crecer, en aquel entonces cayó en un seco pedregal en el que no podía florecer más que el aburrimiento ante aquellas músicas incomprensibles. Yo, cómo no, me tiraba más al Heavy, que era lo que se estilaba por Fonz.

El siguiente paso en mi desarrollo musical vino cuando un amigo mío se compró una guitarra. Eso me dio la idea de comprarme yo otra y aprender a tocarla. Así fue como me compré una guitarra española y me pasé todo el verano intentando hacer punteos para sacar melodías. Lo mismo que había hecho con la flauta. El resultado dejaba bastante que desear, pero hay que entender que mis conocimientos teóricos de música eran aproximadamente cero. Por fortuna coincidí en un grupo de animación con un monitor que tocaba la guitarra, y allí, oh maravilla, descubrí asombrado lo que era un acorde. A partir de entonces busqué manuales de guitarra y empecé a extasiarme al escuchar las distintas combinaciones sonoras que podían producirse simplemente cambiando la posición de los dedos sobre el mástil. Esto coincidió en el tiempo con el conocimiento de la música de Bob Dylan, lo que desató en mí una fiebre compositora. A su vez vino acompañado de la formación del grupo B-Regulá, donde destrozábamos desde el Heavy más fiero al Pop más ramplón. Fueron días de gloria, sin duda.

La segunda parte de esta historia comienza cuando, en mi último año de carrera, accedí a entrar en el coro de la Universidad. La Schola Cantorum. Tuvieron que insistirme muchas veces, pues yo me negaba una y otra vez pensando que aquello tenía que ser lo más aburrido que podía echarse uno a la cara. Mi experiencia en mi primer año de instituto así lo indicaba. Afortunadamente acabé por aceptar, fui al primer ensayo y me dieron unas hojas con un montón de notas que había que tratar de seguir a la vez que se cantaba. Así que, sin casi haberlo pretendido, y después de muchos años, volví a hacer gorgoritos. Hasta hoy, que sigo buscando todos los sonidos que mis cuerdas vocales pueden producir. Han pasado desde entonces unos 25 años. Entre tanto he viajado, he conocido a muchísima gente encantadora, he pasado muchos nervios, he disfrutado con los aplausos, me han felicitado, me he desesperado por no saber hacerlo mejor, y al final de todo me queda la frustración de no haberle podido dedicar más tiempo a esta afición que, sin lugar a dudas es de lo mejor que me ha pasado. Como decía al principio, eso lo dejo para mi próxima vida.

Licencia de Creative Commons
Esta obra de Juan Carlos Marco Pueo está bajo la siguiente LICENCIA.
Safe Creative #1002040121362
© Los límites de tu lenguaje 2017.