En las faldas de Buñero me reposo,
entretengo entre sudores el camino,
y a la sombra enresinada de este pino
yo te aguardo expectante y vigoroso.

   Vamos ya, no se dilate la ascensión,
ya tan sólo un poco más, morena mía,
que al llegar tuya será la serranía;
mío en viento, el silencio y la emoción.

   Ya quedaron tras de nos los olivares
y los trigos del mes marzo, y la ermita,
y en el valle nuestra gente, que recita
manantiales imposibles y encinares.

   ¿Sientes ya el fragante aroma del tomillo
deslizarse con rubor por el sendero?

   Apresúrate, mi niña; sólo quiero
descubrir ante tus ojos un castillo,
pues no sabes que en lo alto se atalaya
Ribagorza de mis sueños, esa tierra
retirada y temerosa, que no encierra
sino un recio corazón que me desmaya.

   Haz ligero, pues, tu paso. Nos espera
en lo alto a los dos la vida entera.