El abuelo no era capaz de abrir la puerta del coche. Yo le ayudé indicándole que el botón que estaba presionando no conseguía más que bloquear el cierre. Comprendido el proceso acertó con el mecanismo y pudo, no sin esfuerzo y cierto dolor de su pierna izquierda, descender a la acera.

Las cristaleras de la escuela de enfrente estaban sucias, y el patio parecía haber estado deshabitado en los últimos lustros. De hecho, al fijarme con más detenimiento observé que varios cristales estaban rotos, presuntamente tras el impacto de una piedra, y que la puerta de la entrada parecía medio arrancada de sus bisagras.

El abuelo no permaneció allí de pie más de cinco o seis minutos, inmóvil, mientras yo trataba de imaginarme metido en sus pensamientos.

A una señal suya le ayudé a subir de nuevo al vehículo y emprendí la vuelta. La calle de las palmeras nos arrastraba al campo, desde donde el abuelo quizás no hubiera debido salir aquella mañana de sábado.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA