Ella se había acostado hacía cinco minutos. Las once y media suponían, en su ritmo de vida, ese punto en el que toda la mañana siguiente puede venirse abajo si el reloj te sorprende levantado. Él acababa de sentarse en su silla favorita, dispuesto a llenar folios y folios de nada, pues todavía no era un consagrado escritor. Pero lo sería algún día, y por eso, mientras ella esperaba como cada noche que él se aburriera de esperar la esquiva inspiración, la mesa de trabajo mantenía sobre sí el eterno folio en blanco sobre el que reposaba una mano aferrada al bolígrafo.Ella