Pensarez que lo que paso a contatos son las barucas d´un estalentau que no tiene guaire que fe pa pasaye el rato, pero me dixaría cremá la mano con la que escribo antes que digaz de yo que tos miento.

No, cremá no. Milló, cortá…

Va pasá to en un volau, como las tronadas de chulio, allá´n días, y va dixá un rastro como el del bardo que aspera a que´l sequen los rayos del Sol. Encara hoy penso si to va sé como teníba que habé siu, u bella cosa se va torcé en bel istante de la historia.

Treballo dende fa más de trenta años en una funeraria. Sí, sé lo que estaz pensán. Tapoco a yo me feba brenca gracia entrá al negocio, pero veyén el mío pare que de los estudios no sacarían cosa, va barruntá que´n la´mpresa familiar podría llabrame bel futuro. Él va heredá el negocio de los muertos del mío agüelo y, to n´hay que dilo, no podén di que mos heiga iu mal. Asinas que va está conforme con el encargo de sé el sucesor, tenín ben cllaro al prencipio que, si pasáus unos prudencials meses no me convenceba la cosa, me rengancharía en los míos estudios de bachiller.

Guaire falta va fe. Una vez que va tení conocencia del desenvolvimiento propio del negocio, me va amoldá a él creigo yo que con prou dignidá. Y asinas anda hoy, con el mío pare ya retirau. Y onque no vienga a cuento, encara diré que, dende que me va fe cargo, va llevá aván bellas reformas sustancials que no van fé más que incrementá el mío desafogo económico, de lo cual me i siento prou orgulloso.

La cosa é que allá´n días va vení a veyeme a l´oficina el mío amigo Rafel. Rafel Solares, pa sé esactos. Eba un llunes a primera hora. Puntual, podría dise, d´habé teniu bella cita apañada con él. Pero no mos habeban visto ni habllau dende fería bellos cuatro meses, si fa u no fa. Al ubrí la puerta la calle la brochina maitinera del otoño va dentrá, lo que va agradecé, al fe fuí la mandria que arrastraba.

– Güenos días, Domingo –va soltá nomás cruzá–. ¿Qué hen de fe?

– Bai, Rafel –va soltá yo–. ¿Cómo tú per aquí?

May fa gozo veyé entrá a un conociu al mío negocio, per las repercusions que ixo suele llevá aparejáu, si ben é verdá que tapoco llega a sé estraño del to que alguno pase a veyete sin más ni más. Va pensá que ixe eba´l caso. Más cuan, pe lo que yo saeba, Rafel viviba en este llugá podrían di que solo del to, encara que tenise familia en puestos cercanos, pero no tanto como pa que pertenecesen a la mía jurisdición, como qui dice.

No estaba casau. May l´habeba estau. Tapoco teniba críos, cllaro. Los detalles de la suya vida me los va contá una noche a un bar, dimpués d´una celebración de no m´alcordo ben qué cosa. Mos conoceban feba bel par d´años. Él viviba solo, como seguntes va averiguá alparceán, y pa yo encara no eba tarde. Amás, ixe día yo habeba teniu un servicio y m´apetaceba aireá bel poco el tozuelo. Teniban a dos calles enta el centro un llugá prou tal cual decorau con madera, con mesetas chicorronas one n´habeba empotrada chusto en la mitá una lluminaria con forma de vela. Él se va pedí un zumo malacatón y yo un whisky doblle. Encara m´acordo perque me se va fe rariza aquella mezclla de fruta y alcol. Van está charrán prou rato.

 – He pensau que sería un güen momento pa pasá a veyete –va di Rafel miránseme a los ojos.

– Cllaro que sí, faltaría más. Hala, pasa, pasa –va di yo–. Séntate, fesme el favor.

– Gracias –va respondé.

Veniba como un pincel; pas desirioso. Fllaco, ixo sí. Cuasi anerguellau. Me suposaba que, on treballaba, la vestimenta tenise que sé esencial, pero a yo me paeceba un tanto escesivo. Me va fe cuentas de que habeba saliu bel momento de la oficina per bella custión y que, aprovechán el recorriu, s´habeba acercau a saludame. Vestiba traje negro como un cucaracho, me creigo que recién saliu de la tintorería. Corbata, calcetins y zapatos de ñudo negros tamé. Anda las lentes lo´n eban. La camisa eba bllanca. Ben afeitau y con el pelo ben curtet. Amos, que la cita que yo me barruntaba que debeba de tení habeba de sé fuerte. D´otro modo no s´espllicaba. De la mano izquierda, al prencipio no me va fijá, le colgaba una carpeta de cartón. Tamé negra.

– No asperaba trovate per aquí a estas horas –va di yo de mientras que me fijaba en el cuasi perfecto ñudo de la suya corbata. Me va paecé que los suyos labios querisen marcá bella sonrisa, pero ni separase van fe–. Y menos con ixas pintas.

Funeraria 1Él va apartá una de las dos sillas de madera acolchada que de normal serviban a la cllientela. Se va i sentán en tanto dixaba la carpeta encima la mesa. Va mantení la inacabada sonrisa to´l tiempo que va tardá en sentase.

– ¿Qué me contas? –le va preguntá allargán la mía mano enta él–. ¿Mucha faena?

– De to n´hay –va di estrechanme una mano fría y babosa que me va fe sentí un tremolín. Me paez que la sonrisa se l´habeba desvaneciu una miaja. En éstas van está mantenín una charradeta sin brenca enjundia, calculo yo que bellos cinco menutos. De mientras, sin pensaye, yo iba restreganme la mano drecha en la mía pernera per debaix de la mesa.

– He veniu pa fete un encargo –va soltá sin dale guaire importancia, como al que tanto se le´n da.

En la mía faena los encargos no pronostican cosa güena, asinas que, como toca en ixos casos, va posá la cara que tiengo reservada pa ocasions como ésta, onque, antes de que yo podese ubrí la boca, va añadí:

– Güeno, la verdá é que, ben mirau, me creigo que se trata más ben d´un favor.

Me fa que esto tendría que habeme dixau más tranquilo, pero va sé del revés. ¿Encargo? ¿Favor? Fuese lo que fuese, en ixe punto yo ya´staba algo esturdiu.

– Tú dirás –va encertá a di.

– He acudiu a tú perque me creigo que es la persona adecuada.

– Ya –me se va escapá, sin llegaye e entendé res.

– La cosa é que necesito los servicios d´una funeraria.

Encomenzaba a entendé.

– Bai, Rafel, el siento –va di per seguile el chuego–. Estas cosas may te las asperas, ya´l sabes. Al veyete entrá no me va da per pensá que se tratase d´esto. No me tiengas en cuenta lo que t´he dicho de las pintas fa un rato. Como vives solo no me se va pasá pe´l tozuelo que…

Va pensá que habeba metiu la pata anda el fondo y me va sentí mal per ixo. No m´acostumbra a pasá, pero este negocio mío tamé tiene los suyos riesgos. Amás, ¿cómo iba a feme cuentas yo de que venise a encargame un servicio?

– No é ixo, Domingo –va di llevantán un poqué una mano y entrechirán un ojo.

Per un istante va cavilá que a lo milló n´habría que i pensán en encedé la calefación bel día d´aquellos.

– No s´ha muerto ninguno –va comentá sin más.

– Ah, ixo está ben– va añadí yo, sin sabeye perqué–. Es que m´he entrebolicau una miaja. Güeno, pos espllícame entonces de qué se trata y verén qué podén fe.

– De momento me fería gozo veyé bella caixa de las que tiengas per astí, si no t´estorsiona.

Rápido como una fuina va veyé el percal, y no me va fe precisamente gracia. Que la situación estase mal pa toz no eba cosa de discutí, y que cada cual podese buscase la judía como le petase, tamé. Pero tení que compartí el rancho con el primero que llega, entiéndaseme, per muy amigo que seiga, no é pllato de gusto pa ninguno.

Pe la forma en que me se va quedá mirán, pa yo que me´l va leé a la cara. Asinas que, sin más miramientos, va toca el tema, provanme de que no me se notase un punto d´incomodidá.

– Be regulá que pensas montate una funeraria per la tuya cuenta.

– No, pa nada –va di cuasi sin dixame acabá de preguntá. No tiene brenca que ve con ixo. Puez estate tranquilo.

– No eba más que una pregunta sin sustancia, cllaro –va di yo sin guaire convición–. Seiga lo que seiga ya me´l contarás cuan toque, ixo ray. Voy a enseñate ixas caixas que me dices. Y ya que están, puedo enseñate las istalacions. Me creigo que é la primera vez que viens per aquí, ¿verdá?

– Sí –va contestá a la par que mos llevantaban los dos de los nuestros respetivos asientos. Y de mientras yo l´iba espllicán sin tron ni son, él el furoneaba to.

Funeraria 2

– Hala –va di Rafel en un momento dau–. Me creigo que ya m´he fei a la idea.

– Ben entonces –va contestá yo. Habrían estau de visita si fa u no fa vente menutos.

– Me penso que ya tiengo una noción cllara de lo que busco –va di Rafel.

– Si é asinas, alante.

– Au al tuyo despacho, si no te viene mal –me va di.

Sentaus de la misma manera que al prencipio, Rafel va enganchá con las dos manos la carpeta que seguiba allí encima la mesa. Se la va apoyá en las piernas, onque no va llegá a ubrila.

– Mia –va encomenzá a di–. Lo que me fería gozo sería cremaye un cuerpo en una caixa de caoba que estase prou tal cual, d´ixas que viens d´enseñame. Ya m´he fijau en una que me fa gracia.

En un prencipio no va sabé ben cómo tomame aquello, pos, la verdá seiga dicha, onque ixe tipo de servicios mos los encargaban cada día más, pa podé llevalos a término como eba menester caleba, mayormente, un elemento inescusablle: el cuerpo.

– A ve si l´he entendiu ben –va encertá a di–. El favor, u encargo, u como quierán dile, perque encara no sé muy ben de lo que están habllán, consiste en que n´hay que cremá un cadáver. ¿L´he llegau a espresá con las palabras adecuadas?

– Per lo que a yo me toca –va añadí sin menease un melímetro– me paez que has pillau perfectamente lo que busco.

Me va prová de pillale bel ceño, pero no le va trová res.

– Pos en ixe caso has veniu al llugá adecuau. Como puez veyé, a ixo mos dedicán aquí.

– Esacto –va contestá él.

– Onque, si l´he entendiu ben –va i din yo pa centrá el tema– al prencipio has dicho que no s´habeba muerto ninguno.

– Tamé ixo é esacto –va contestá.

De segundas en ixe maitino, y encara no n´eban ni las nueve, va tení la sensación d´esbarrame de la línia. ¡Qué racha! Si n´habeba que cremá a alguno que encara no s´habeba muerto, eba escllatero, de todas todas, que se contaba con que se morise en cualsiquier istante. Al fin me s´ubriban los ojos. Bel pariente de Rafel, u cuando menos allegau, andaba en bel puesto asperán que le llegase la hora. Y cllaro, pa iye avanzán las gestions ante lo inevitablle, Rafel s´habeba adelantau a los acontecimientos pa no dixalo to pa´l último istante. Casos como éste se´n dan, onque no é lo corriente.

Sin dame cuenta va colocá la misma cara que antes tos diba. Deformación profesional, está cllaro.

– Entiendo –va di yo como danle la razón con los ojos enta´l suelo y los labios un tanto apretaus–. ¿Y pa cuán se calcula, manimenos, que se requieran los nuestros servicios? É más que nada per ordená un poco l´agenda, cllaro, onque, como puez fete cargo, en este negocio l´agenda no é algo que pueda tenise muy en cuenta.

– Este mismo maitino –va contestá–. Antes del mediodía, si te viene ben, pa que puedas ítene a comé a casa lluego.

Tapoco en esta ocasión la suya cara paez que espresase cosa. En este punto cal di que yo ya´n estaba encomenzán a mosquiame de cómo s´estaba embolicán to, asinas que va decidí cortá de redondo y acllara las cosas.

– A ve, Rafel, si mos posán d´alcuerdo d´una vez, que ya me s´está secán l´esmo –va di yo con la voz algo tibante–. Tú tiens a bel pariente, u amigo, u a alguno, seiga qui seiga, que en estos istantes el debe d´está pasán mal, cosa que siento, la verdá seiga dicha, y t´has acercau anda aquí pa aduyá en lo que güenamente puedas, sen que los médicos ya no y pueden fe res. ¿Lo´n é u no lo´n é?

– No lo´n é –va di él–. Siento habete embrollau.

– Ben, pos sen asinas –va contestá yo con bella miaja nervios– aclláramelo con pelos y señals, si me fas el favor.

– Ya me disculparás, Domingo, no quereba importunate –va di, posanye, esta vez sí, una cara que dixaba entrevé bel tipo d´emoción. No sé si vergüenza–. Sólo é que se trata d´un favor algo tal cual.

– T´escucho. Onque, per í avanzán –va añadí yo–, ¿de quí se trata?

– Soy yo.

Per un istante me paez que bella boirota s´estaba condensán al despacho.

– ¡Per Dios, Rafel! ¡No me jodas que has amadrugau pa vení a jodétemene, que encara están a llunes! –va grita yo, prou aspro.

– No´n é ninguna broma, Domingo –va contestá él to sereno. Tanto que, si d´antes ya estaba nervioso, ora lo n´estaba más.

– Ben, lo que tú digas –le va soltá–. Asinas que este mismo maitino tiengo que posate en bella caixa y pegate fuego, si fa u no fa…

– Ixo é.

– ¡Pero cómo que ixo é! –va bramá yo–. ¿Has perdiu l´oremus u qué me quies di? Mia, Rafel, van a dixalo. Ya hen estau un rato charrán, dimpués de tanto tiempo, pero, la verdá seiga dicha, pa tení conversacions como éstas, más vale que estén un´otra temporada llarga sin veyemos. No é brenca personal, pero yo estas tontadas no sé ben cómo tomalas, asinas que, si te paece ben, tiengo prous cosas que fe.

Rafel va seguí sentau sin meneá un músculo.

– Ya me suposaba que no te´l ibas a tomá ben, pero no podeba recurrí a otro –va di sacanle fierro al asunto–. Díxame que t´espllique.

– No n´hay cosa que espllicá. Fes el favor de no jodé más la marrana y brinca.

Sin dixá de mirame y meneanse como si tenise to´l tiempo del mundo, va posá la carpeta negra en la mesa, la va ubrí y me va acercá una hoja.

– ¿Y esto qué é?

– El mío certificáu de defunción –va contestá.

Me va arrepenchá a los ojos de Rafel, a ve si notaba bella cosa rariza, pero no va sacá el agua cllara. Él va mové un poco la suya mano drecha con l´intinción de que me fijase en la hoja. L´hen va cogé.

Efectivamente, en aquel troz de papel se certificaba la muerte de Rafel el día d´antes, a las 8:45. Per ataque al corazón. Firmau y sellau per un médico. To normal.

De repente me va setí un algo mareau.

– Tiengo que i al váter un istante. He de muixame la cara –va di yo.

– T´aspero aquí.

Al torná me va sentá con gran ceremonia al mío asiento. La melsa me s´apoderaba.

– Ben, cóntame de punta a punta de qué va to esto. Y dimpués te´n vas.

La vida emocional de Rafel s´habeba deteriorau a pasos agigantaus en los últimos años. Ora no viene a cuento desembollicá to lo que me va está din, pero el caso é que teniba prou cllaro lo del suicidio. Pastillas, tirase dende un tellau, el tren… A to l´habeba dau vueltas, pero res le convenceba. No quereba fele pasá un trago a los únicos familiars con los que teniba bel trato, su´rmana la chicota y el suyo marido, médico pa más señas. Asinas que va buscá la opción menos mala pa ellos. Lo más difícil va sé convencelos de que la decisión eba espllatera y que no n´habeba nada a fé. Si tramaban cualsiquier cosa pa posale pegas les saldría mal, antes u dimpués, y acabarían paganlo toz, sobre to ellos y las chens a las que querisen posá pe´l medio. La suya alcurrencia eba milló. Toz los días se muere alguno. Un médico firma como que s´ha muerto, los familiars se fan cargo del cuerpo, contactan con una funeraria, se crema lo que s´heiga de cremá y la familia torna enta casa con una bonica urna. Fin de la historia.

Estaba to a su sitio. Los papels se pueden descargá de la web de la´mpresa, el cuñau eba médico, la´rmana el tramitaría to, y el muerto el teniba yo allí deván sentau. Va acabá de mirame los papels. Toz rellenaus y firmaus. Como si tal cosa me va da per pensá que estaba to en orden, creigo yo que sin sé muy cosciente de lo que estaba fen.

– Toz los papels están en orden.

– Me tranquiliza sabelo –va di él.

En aquel istante me sentiba de cualsiquier manera menos tranquilo. Va tení la tentación de llamaye a la policía, o a bel siquiatra al menos. Pero Rafel ya teniba aquello previsto.

– Quiero añadí que, si tiens l´intinción de delatame, a la llarga no podrás impedí lo que ya tiengo decidiu fe, y lo único que conseguirás será añadí más dolor a la mía familia, inclluso a yo mismo.

Tan sincero razonamiento va rematá de fe cruixí las mías convicions. Una madeixa apegallosa como la planzaina se entrechiraba al mío tozuelo, y dimpués de bellos menutos, que a yo me se van fe horas, no más teniba ganas d´acabá cuanto antes con to aquello.

– ¿Qué quies que feiga? –va soltá sin meneaye el tono de la voz.

– Per descontau, y pa tranquilidá tuya, he previsto el pago del servicio, cllaro –va di, de mientras que ubriba un sobre con dinés–. Per la web estoy al tanto de las vuestras tarifas. L´he sumáu to; el maquillaje, la caixa, lo de´l cremá… To. Lo del maquillaje é un capricho. Como una última voluntá, podrían di. Un concieto, si quies. Y contán con las molestias, m´he permitiu añadí bella cantidá prou tal cual. Conta que a yo poca falta me i ferá d´aquí enta aván.

– Ya…

– Pa las cenizas –va di señalanme un troz d´uno de los papels–, fesme el favor de mandálene per correo a mi´rmana a esta direción. Ella está al tanto de to. No más aspera que s´acabe to cuanto antes. Y no cal que me feigas factura.

– No cal –va repetí yo sin dame cuenta.

– D´alcuerdo entonces. Si está to cllaro podrían encomenzá ora mismo, si te paece ben –va di Rafel, adivinánsele una riseta victoriosa que yo no va encertá a interpretá.

Los menutos de dimpués los tiengo apegaus a la mía memoria tan borrosos que´l veigo to deforme. ¿Quí eba yo pa compllicale la vida, u la muerte, a Rafel? ¿Acaso no las habría pasau ya d´a metro pa llegá a esta situación? ¿Eba un lloco? A yo no me´l paeceba. Un lloco no hese siu tan refinau en el pllanteamiento, per muy barrenau que estase. Maquillaje, habeba dicho… Me va relajá una miaja, y entre tanto aduyaba a Rafel a acomodase en la caixa que él mismo s´habeba eslegiu, yo estaba procupau pensanye en si me daría tiempo, antes de comé, de alcanzá a Correos la urna con las cenizas.

Funeraria 3

Me va decantá per un tono de maquillaje más ben suave, pos me va fe cuentas de que no caleba resaltá u escondé cosa. M´acordo de que le va molestá un algo el cepillo con el que le daba color a los ojos. Se los va rascá istintivamente. Reconozco que no va pará prou cudiau; may m´ha fei falta en esta faena. Van quedá en que no caldría posale algodons per los forigachos del tozuelo. Cuasi al acabá estaba buscanye bella frase con la que despedime, pero va caé en que faltaba una cosa.

– Falta algo –va di yo.

– ¿Qué pasa?

– No é de sustancia, pero é menester felo. El modelo de la caixa. En los tuyos papels no está, cllaro, perque ixo no i puede rellenase a la web. Preferín que los nuestros cllientes se´l eslijan aquí mismo. A tú puedo contate este secreto del nuestro negocio; una maldad, si quies llamalo asinas. Si las caixas se las ne miran aquí al almacén, siempre podén convencé a la familia de que se´n pille una que valga más dinés. En ixos momentos toz están prous sensiblles, y los empresarios mos dedicán a gana perras. É prou llaminero el felo. Tú m´entiendes, ¿verdá?

– Me foi cargo.

– Torno de seguida. Los papels n´hay que tenilos toz al día, si no cualsiquier ispeción te puede jodé a la mínima –va di yo, de mientras iba a buscaye el papel–. No cal que te llevantes.

Un par de menutos dimpués le va alcanzá el papel ya relleno y un bolígrafo. Él se va incorporá una miaja y va firmá on yo le va indicá. M´acordo de que le va da la mano y le va di bella cosa, onque no sé qué sería. Él tamé va di méseyo qué. Va cerrá la tapa con cudiau. No sentiba guaire d´especial, me creigo. Va acercá el carro on estaba la caixa al forno y el va colocá en posición. A la mía esquena estaban los mandos. Va da un par de pasos atrás. El va enchufá to. La puerta del infierno se va ubrí y el sistema mecánico de última generación, que mos habeba traiu una empresa austríaca feba bellos tres u cuatro años va introducí a Rafel adentro. May anda entonces m´habeba fijau del poco rudio que feba ixa máquina. Aquello me va desconcertá un poco. Va cerrá la puerta. Más silencio. Me imaginaba que asinas debeba de sé el silencio de la muerte. Estraña reflesión pa uno que llevaba tantos años veyenla de cerca. Va alentá al tiempo de chirá el mando. Los quemadors van arrancá al mínimo. Me va probá a escuchá, pero seguiba sin sentiye res. La misma madeixa apegallosa d´antes me rodaba pel tozuelo, ora rebutiente de babas. Paeceba que quereba estabilizase, pero, sin sabé cómo, emprendeba más aprisa y amenazaba con desboldregase per los foraus. Me veyeba a yo mismo con los algodons posaus en los oídos, en las narices y en la boca pa no arrojá aquella cosa asquerosa.

– Aván, Rafel – i pensaba al tiempo que apretaba el botón royo.

Funeraria 4Me va debé de quedá sin respirá, no sé si menutos u qué. Yo, como si soniase, me veyeba sentau en una playa de mientras se posaba el Sol, y el somatén de los quemadors, ora bullín desbocaus, eban las olas tratán d´estricallá los acantilaus. Con los ojos entrecerráus pa protegeme del brillo, va segui el disco amarillo anda cuan ya cuasi nomás va sé un misto. Un misto que se va apagá del to. Y entonces va alentá de segundas y va caé en la cuenta. Y la hostia apegallosa aquella va desapaecé y se va trasformá en angunia. Y va torná a alentá un´otra vez, y otra más, anda que me van entrá ansias. Al sobreosigename me va mareá, pero encara d´ixas traza va chuntá fuerzas pa encertá a chirá´l mando que´l apagaba to, al tiempo que cllavaba los ojos al papel que habeba dixau en la meseta d´al lau. Va espunchegá sin piedá on posaba “EXTRAÉ”. Notaba las venas al cuello. May m´habeba tocau sacá una caixa sin habé acabáu la faena. La madera, onque fumeaba ya rusiente, encara no habeba teniu tiempo de sucarrase per ella sola, asinas que no va calé tirá mano d´el estintor de la paré. Pa no quemame, va pillá un trapo que colgaba d´un gancho y, esbaruquián como va podé, va ubrí la caixa sin pará cuenta de ningún tipo. Rafel va encomenzá a tusí. Yo´l va estirá en un brazau enta afuera anda que va caé llargo al suelo.

– ¡Hijoputa! ¡Carnuz! ¡Es un hijoputa, y yo un jodiu añeblau de mierda! –va chilá yo, tremolán to enrrabiau, sin sabé ben lo que diba– ¡Brinca ora mismo d´aquí, joder! ¡No quiero veyete más, ni vivo ni muerto!

Se va tirá mano a las costillas, como si s´hese nafrau, y mirán de mantení un algo de dignidá, encara que tenise un esgarrincho al traje, va enfilá chino chano sin soltá un chemec enta la puerta la calle. Yo no paraba d´alcordame de toz los demonios que me veniban al tozuelo. Al punto de pisá la calle se va chirá y, manteninme la mirada de mientras se secaba la sudor, va di:

– ¿Cómo t´has dau cuenta?

– ¡El papel, joder!

– ¿Qué quies di? –va preguntá torcén una miaja el morro.

En la vida, los detalles el son to. El mío pare me´l alvertiba de contino, yo el va podé comprobá en las mías carnes, y encara hoy, diez años dimpués, el mantiengo.

– La hoja que te va da. La firma coincide con la del certificau de defunción. Los papels que m´has traiu son de mentira. Ninguno ha certificau cosa. A lo milló ni tiens una hermana. ¿Y a quí iba a mandale yo las cenizas? ¿Qué querebas, que me posasen a la cárcel? Es un hijoputa. Estás venau, Rafel, venau del to. Y yo cuasi t´asesino. ¡Dios…! Sal d´aquí y no tornes may.

– No pares cudiau –va contestá, y va jopá igual que habeba veniu.

– Que Dios me perdone –va pensá yo, de mientras tornaba a escuchá, al escureciu, la furia de las olas martilleán las rocas.