Luisa permanece conmigo desde ayer. Cuando vino a verme al finalizar la tarde lo hizo sola, como solía desde que tomó confianza con el encargado, ese chico malcarado que parecía tener ojos sólo para ella. Pero Luisa en el fondo me amaba a mí, y por eso gustaba de abandonarse cuando yo la arropaba. Cada día que pasaba remoloneaba más y más cuando llegaba la hora de cerrarlo todo e irse. Yo lo sabía, pero ella debía cumplir con el compromiso que había adquirido con el encargado. ¡Ese idiota!

Piscina

Ayer me enojé y decidí devolverle el favor que ella me hacía cada tarde pasando esas lindas horas conmigo. En uno de sus momentos de placidez la estreché con fuerza, en un abrazo húmedo que la transportó al fondo, donde las baldosas crean imaginarias figuras geométricas. Tan sólo me desespera pensar en la cara que pondrá el encargado cuando la vea.