Cuando el desamparo me envuelve espero a las tres, o a cualquier otra hora. La verdad es que me da igual, porque inevitablemente el mayordomo me abre la puerta y me dirige unas tiernas y acompasadas palabras, rítmicas, diría yo. Nunca se queda mucho rato conmigo, pero yo me siento reconfortado igualmente, como en mi propia casa cuando mi esposa todavía se fijaba en mí. Nunca le pido nada ni él me invita a pasar, pero tanta fidelidad después de tantos años me conmueve. Creo que moriría sin mi reloj de cuco.

El mayordomo