Francas son vuestras palabras,
pequeño mi entendimiento,
sencillo lo que decís
y grande el atrevimiento.

¿Cómo entonces es posible
que viváis en un convento,
que hermosura tan lozana
se esconda de los mancebos?

Olvidaos de las almas
y fijaos en los cuerpos,
dejad que la pasión guíe
vuestros instintos plebeyos,
sucumbid ante la Luna,
ante Venus y Morfeo,
dejad que el viento estremezca
vuestra piel entre sus dedos,
que la luz que os envuelve
enrede vuestro cabello,
que unas ardorosas manos
naveguen por vuestros pechos,
que sean vuestras caderas
cielo, y mar, y tierra a un tiempo,
desvaneced de placer
y abrasaos con el fuego
que recorre las entrañas
ígneas de vuestro sexo.

Hermosa dama, decidme;
¿cómo es pues posible esto?

Vos fría como la nieve
y yo encendido por dentro.