Asomo mi mirada por la borda
de esta isla condena;
tan sólo veo el mar, las olas
de mi amarga soledad, tormentas
que a mi pena el ancho océano
insiste en arrimar.

Oscuros nubarrones, violento huracán,
se llena el horizonte de palomas;
ni una sola viene, todas van
allende fríos mares.

Pienso yo, que aquí en estos lugares
cobijo no me falta. Igualmente me alumbran
los luceros, y es fina
la arena de la playa.

El fresco riachuelo no me niega
nunca el agua. Tras la orilla
aguárdanme los peces; y a este lado
dulces moras. Los árboles se mecen
y acarician mi cuerpo con sus hojas.

Resulta cruel estar encarcelado
aquí aislado del mundo.

¿Querrías ser cautiva tú un segundo
muriendo aquí, a mi lado?