I

Al dentrá per la puerta casa ella se va da cuenta de que él habeba jopau. Antes encara de dixá´l bolso al colgador u de sacase los zapatos de los peus medio hinchaus que traeba. La tele estaba apagada, u cuando menos no feba mención. Se le va pasá per la cabeza llamale pe´l suyo nombre, pero no´l va fe, en la idea de que, si a partí d´entonces le tocaba estaye sola, milló no nombralo. Va encomenzá a sentí una llosa a la fogueta, y va pensá que lo que caleba fe era chitase al sofá. La puerta´l comedor estaba a medio ubrí. Va dentrá medín cada paso que daba, pero no va trová a ninguno allí endentro. El abrigo el va dixá apoyau a una silla. Se va estirá to llarga y se va posá un almadón debaix de las rodillas. El reloj de la paré diba que era la hora de posase a negoceá a la cocina. No teniba brenca gana. Tapoco pensaba comé sola, al menos ixe día. En las bolsas que habeba dixau a la´ntrada no n´habeba cosa que calese posaye al congelador. Va pensá que podeban quedase allí de momento.

Palmira 1La luz del mediodía chugaba con la vajillería d´un aparador, pero ella notaba el frío a los güesos y la boira a los ojos. No se sentiba res. Ni la choldra de autos y chens a la calle, ni los estractors de las vecinas que, como tantas atras veces a ixas horas mientras trajinaba entre ollas y sartens, la acompañaban cuan ella paraba el suyo. Encima´l meligo va notá un picor que se le va posá enta dentro. El sentiba rondineanle per los budillos, como una malagana que no acabase de definise. El malestar le va tirá entalto y al llegale a la boca l´estomago va sentí una arcada. No va devolvé, pero un amargor al garganchón le va fe torcé algo el morro y tragá de seguiu. Y se va posá a pllorá.

Palmira teniba sesenta y cuatro años. Treballaba a casa, sábados y domingos inclluius. Toz los días del año. Era mullé de está a casa. No pisaba un bar si no le llevaban las cercustancias, las vacacions eran pa ella vesitá a su´rmano a la capital un par de semanas de cuando en cuando, y la alegría más gran que teníba en los últimos años era veyé apaecé a la zagala cuan tornaba de vesita dende Suecia, los veranos y las navidaz. Palmira mai habeba estau a Suecia. Preferiba que la zagala la telefonease cada semana pa di que estaba ben. “Me ahorro yo más de no viajeá que lo que tú pagues de teléfono. Y el día de mañana aquí te´l trovarás”, le soleba di. La zagala feba tiempos que no l´hen discutiba.

Tomás llevaba jubilau cinco meses. Llargos como cinco malos años. Per los maitinos estaba en casa veyén la tele, sin importunale brenca que lo que fesen le interesase cosa. Prous veces ni se molestaba en cambiá de cadena. Teniba unas tragaderas que a ella le llamaban la atención. No é que ella fuese muy esquisita, pero no encertaba a entendé per qué teníban que veyé los anuncios. Él le soleba di que tot era po´l estilo y que no valeba la pena está to´l rato enguileán con el mando, que cuan la tele sólo teniba una cadena la chen tamé se las apañaban. Ixo la encendeba cuasi lo que más; ixa pachorra infinita que arrastraba dende que el conoceba. No pensaba pas que fuese una manía de viejo, perque dende el primer istante ella ya se va guipá de la suya desiria. Estaba más que acostumbrada a repllegale la ropa de los peus de la cama, a dile que parase cuenta cuan comeba, que siempre teniba las camisas llenas de llamparons que ella llavaba una y cien veces, a rogale que afllojase la tele cuan posaba el fútbol, a insinuale que no le feba brenca caso.

Ixe pensamiento se le va quedá apegau al tuétano: “…no me fa brenca caso…”.

Se van conocé a la´scuela, chugán los dos pe´l recreo. Él a fe el bruto y ella a que se la mirasen. A él le va i ben trová una tonta, pos no teniba atras aspiracions, y ella, que no saeba que lo´n era, va creé que estaba tot fecho en la vida cuan él va encomenzá a mirásela más que a las atras. Al salí de la´scuela él se va posá a treballá a un taller de autos, perque de treballá en saeba un rato llargo. Los primeros años de aprendiz, y de dimpués de oficial ben mirau y ben pagau, perque güena traza no le´n faltaba pa´l suyo oficio. Ella a casa a aduyá a la suya mare. De cuando en cuando, de mientras feban las camas, probaba de sonsacale lo que pensaba de Tomás, y la mare, que pa esto era como la hija, le diba que con que fuese treballador ya valeba. A Palmira, que estaba más pita que pa qué, no le quedaba cllaro si teniba más suerte per conocé a Tomás u perque su mare fuese tan llevadera. En tot caso ninguno va posá pegas a que al cabo los años se casasen, él con traje escuro y camisa bllanquinosa, y ella como le va di su mare. Dimpués de la boda van comé toz los convidaus al lau mismo de la iglesia, y per la tarde van dentrá a viví, ya como matrimonio, al que sería el suyo piso anda hoy. Ochenta metros cuadraus a una tercera pllanta sin ascensor, en una calle contino rebutiente y fiera como ella sola, pero con un sol que le feba llevaderas las tardes.

A las siete se llevantaba a preparale de almorzá a Tomás pa que llegase con hora al taller. Ella almorzaba dimpués sola, sin prisa de ningún tipo. Repllegaba la cocina, feba las camas y se posaba a limpiá. Le feba gozo limpiá sobre limpio, perque no se le ocurriba qué atra cosa podeba fe a ixas horas. La ropa la dixaba pa llavala los sábados per la tarde, cuan la grasa de to la semana se le amontonaba en un canasto. Compraba cada día, sin concebí pasá un solo maitino sin rondá pe´l mercau furoneán el género como el que aspera trová bel tesoro entre las cajas de fruta. Ixa búsqueda concienzuda le daba la paz d´espritu que la suya mare paez que queriba trasmitile cuan tantas veces le diba “…cuan vivas con Tomás t´has d´esmerá en fe las cosas ben, nina. Ixo los homes treballadors el miran más que atra cosa.” Y ella llegaba a casa con el milló producto pa´l precio que podeba permitise. Bella vez le´n feba sabé a Tomás, pa que él fuese cosciente de lo güena administradera que ella era, pero la sensibilidá de Tomás no le llegaba más que pa di “…pues tot é comida.” Ella, sin fele caso, se compraba revistas de recetas, y probaba combinacions que mai se l´hesen ocurriu. Él se´l comeba tot sin di res. Pa ixo no era brenca raro, cosa que cuasi molestaba más a Palmira que si se l´hese estau queján de contino. Pero ella, con la fé de la que sabe que anda el mallacán más duro viene a güenas a puro mallá, se feba la sorda y de mientras estregaba las sartens u ixugaba los pllatos ya estaba cavilán lo que fería pa comé al atro día.

Las tardes se le feban más llargas. La suya mare no habeba siu capaz de trasmitile la pasión que ella teniba de cusí, y ni la televisión ni la radio le llamaban, como no fuese la novela de dimpués del parte. Asinas que soleba entretenise, cuan la faena no le urgiba, cambián de sitio las fllos de la terraza pa adaptalas a las estacions y danle güeltas a los armarios como el que prepara una esposición a un mercau de artesanía. Tapoco teniba la costumbre de charrá con la suya zagala, que hese siu lo propio. Las pocas veces que intimaban como mare e hija se daba cuenta de que la conversación se iba sulsín sin que ella sabese llevala enta ningún lau. No era capaz de trová las palabras adecuadas, y al final la zagala se´n fartaba de sentí a su mare y trovaba cualquier desincusa pa brincá de allí. Que teniba que estudiá era lo más socorriu, y contra ixo Palmira no podeba luchá. La zagala s´encerraba al suyo cuarto y ella seguiba ubrín cajons pa comprobá si bella cosa se habeba moviu dende el día d´antes. Cuan la zagala va marchá a la Universidá, y dimpués d´Erasmus a Suecia, Palmira se va fe a la idea de que la vida con Tomás era tot lo que teniba y tot lo que necesitaba. Inclluso se feba cruces de cómo llevaba tan ben ixa parsimonia con la que la suya esistencia iba trascurrín. Otras mares, per lo que saeba, el pasaban a sabelo de mal cuan los críos marchaban de casa, y se consolaban buscanse entretenimientos salín con las amigas a bella cafetería, viajeán de cuando en cuando con el marido en bel viaje en autocar u apuntanse a bailá una tarde a la semana.

Palmira 3Ella rechiraba per los cajons. No saliba. No viajeaba. No bailaba. Tomás, aparentemente, tapoco teniba unas espectativas muy llargas. Onque él frecuentaba el bar y alternaba con los conocius, mai le va di a ella que l´acompañase. Tapoco ella le´n va pedí, perque, a la suya manera, la felicidá era aquello. Cuan pasaba bel istante de debilidá se chitaba al sofá y se quedaba muy quieta, con los ojos cerraus. No se va sentí sola mai, pos, per estraño que a ella misma le paecese, no pensaba que le faltase res. No pensaba en un piso más gran, en salí los domingos con el auto como feban algunas, en cambiá los muebles. Se compraba la ropa que necesitaba, pero no pas más. Guardaba lo que le podese fe honra y feba trapos con lo demás. Aquel piso llenaba la suya vida, y per más que n´habese ocasions de orease, ella se sentiba segura entre aquellas parez. A veces pensaba que ixa falta d´empuje l´habeba heredau de su mare, pero lo mismo se le´n daba d´áne le venise perque, seiga como fuese, viví con Tomás era tot lo que ella necesitaba. Onque él no le fese brenca caso.

Cuan va soná el teléfono, una hora más tarde, ella ya teniba los ojos hinchaus de los pllosos. Los va ubrí y se le va antojá que ya fuese de noche, encara que la luz de los ventanals del comedor la van enllucerná una miaja, como pa tení que cerrá los ojos y restregáselos un tanto. No va pensá en llevantase pa cogelo. La zagala llamaba dimpués de cená, los días que el feba. Amás, la noche d´antes van está más de un cuarto d´hora de palique y no soleba llamá dos días seguius. Per un istante se le va pasá per la cabeza que lo milló sería llamala ella misma y posala al tanto de lo que habeba pasau, pero va desistí. No queriba charrá con ninguno y, sen que se´n enteraría de tot igualmente y que no podeba fe cosa, no va creé pas que calese corré.

Va asperá a que el teléfono se callase y se va llevantá. Dimpués de llavase la cara al vater, va tirá enta la cocina y se va fe una manzanilla. Cuan ya la teniba preparada va sacá un sobre de tila y el va posá tamé al vaso. El va remové un par de menutos tot chunto y va posá los sobres chupius y la cucharilla a la fregadera. Las bolsas de la comida seguiban al pasillo. Con el vaso en una mano va emprendé a rodá toz los cuartos, furoneán bella cosa que faltase, el mínimo indicio. Al prencipio no va ubrí ni armarios ni cajons. Se fijaba solamente en lo que la vista podese captá sin necesidá de remové res, pero dimpués, con una meticulosidá estrema, va empezá a rechiralo tot, contán los pantalons, las camisas, los jerseis d´entretiempo, las mudas. Va mirá lo de afaitase, las bolsas de viaje, la cartilla, el reloj que le van da cuan se va jubilá, las fotos. No va quedá un palmo de casa per mirá.

Estaba tot al suyo puesto. Como el día d´antes. Como si hese pasau una pedregada pe´l medio el monte y ni una sola hoja s´hese moviu del sitio. Sin dixá rastro, sin una prueba a la que agarrase pa podé recllamá la pérdida. “¿Quí me creerá cuan les diga que m´he quedau sola?”, se va di cuasi sin meneá los labios.

Palmira 2Va está tentada de agarrá una foto de la boda que estaba apoyada en una meseta a la´ntrada, pero no se va atriví a tocala. Se va acabá lo del vaso, el va dixá a la cocina y va torná a chitase al sofá. Seguiba sin tení brenca fame. Ni un cuadré de cholocate le apeteceba en ixes istantes. El chocolate y la manzanilla eran de los pocos concietos que teniba, y de la segunda ya estaba servida. De la televisión de bel vecino llegaba una novela, y ella, como un personaje más, se va dixá arrastrá per un sueño infinito que se la´n llevaba y va dentrá en una vida que no le perteneceba. Antes de caé rendida y posase a soneá estaba pllorán un´atra vez.

II

Caminaba de la mano con Tomás, per un monte de yerba que les llegaba un palmo per encima el calcero. A unos cientos de metros n´habeba una cortada, y detrás, un forat con forma de cuévano, ancho y fondo como si s´hese tragau un edificio entero. Al atro lau d´ane ellos estaban, una chorrompada d´aigua caeba al forat arrastranse per las piedras de la paré. Correba bella gota d´aire, pero no le molestaba. Ninguno diba res. Tomás llevaba el traje de la boda, y ella la ropa d´está per casa. Notaba la mano de Tomás aspra pero tibia. Él se miraba cómo se despeñaba el aigua y paeceba que estaba contento. Ixo la llenaba de gozo. No seguiban ningún caminé concreto ni troz marcau per señal alguna. Tapoco se veyeba marca ninguna ent´ane tirá. Van llegá a un repecho ane la yerba cllareaba un algo y van seguí per la drecha, aduyanse l´uno en l´atro pa no caé pe´l terrapllén. A lo que van llegá al canto el forat se les va antojá que no tenise fondo. Se van quedá los dos paraus. Ella se va fijá en la espuma que no paraba de espurná cuan el aigua sostobaba las piedras. Como cuan, en un descudio, se dixaba la olla de los macarrons tapada. Ella va apretá la mano de Tomás y va notá que él feba lo mismo con la d´ella. Un relámpago le va corré per la´squena. Allí ane estaban el aire pegaba más. Unos mixons que esvolastreaban d´un lau ent´atro en medio d´un estrapalucio van pasá tan cerca que cuasi los hesen podiu pillá d´habé estirau los brazos. De mientras se fijaba en cómo los mixons se perdeban per detrás de la cortada va torná a posaye to la atención en la mano de Tomás. Ixe vinclo era pa ella más gran que cualquier atra cosa. A Tomás el queriba más que a ella misma, encara que él mai hese siu capaz de comprendé ixe sentimiento. Se va culpá de no habélene sabiu expllicá milló en toz los años que llevaban chuntos, y se va preguntá si, al lau de aquel forat, no sería ya hora de que él dase bella muestra de apreciá lo que ella se desviviba per él. Va dudá de si cogelo pe´l brazo y posá la cabeza al lau del hombro. No recordaba habelo fecho dende que era choven. Un eco del relámpago se va dixá sentí per la nuca y le va aduyá a decidise. Él va sacá la mano que teniba libre de la pocha y le´n va pasa a ella per la cabeza, revolvenle el pelo con una delicadeza que ella no conoceba. Asinas van está un güen tajo rato, de peu, mientras el sol se los miraba. Ella notaba la humedá a los güesos, pero no le resultaba pas molesto. No sentiba ni frío ni calor. No más la mano tibia como de amasá pan que Tomás repretaba contra la suya.

Cuan una boirota se va cruzá per encima d´ellos van seguí caminán, esllegín los sitios per ane la yerba no fuese tan alta. Van bordeá el forat y van llegá al troz dende ane el aigua saltaba al vacío. No va sé capaz de distinguí d´áne veniba aquel torrente, tan gran como los barrancos dimpués de las tronadas. Al chirá la cabeza se va fijá en una ermita de piedra amagada debaix d´unos pinos. Era tan chicorrona que se va pensá que sería angunioso estaye dentro. No se veyeba a ninguno per allí, pero en un momento dau van encomenzá a salí per la puerta chens de to las edaz. A bellos misaches los conoceba, pero la mayoría no le sonaban, onque toz paeceban conocelos a ellos. Una campana chicorrona que asomaba a un lateral de uno de los muros sonaba acompasadamente. Feba un ruidet prou agudo que le recordaba a las cardelinas. Paeceba que celebrasen bella fiesta. Los críos iban con llamins, y algunos llevaban pilotas y cometas que feban volá sin brenca compllicacions. Los agüelos se iban pasán unas bandejas de coca y un porrón. Los demás iban charrán ben animaus mientras se les arrimaban a saludalos. Va reconocé a su mare, que se le va agarrá de bracete y le va di a la orella: “…ya te diba yo que si me febas caso tot te iría ben.” Tamé se va acercá la suya zagala y, sin mirásela a ella, le va di a su pare que estaba prou guapo con aquel traje escuro. Otros familiars, u vecinas u bellas amistaz tamé se les acercaban y les diban cosas amablles u los felicitaban, sin sabé ella esactamente per qué. Tomás no le soltaba la mano en ningún istante, y ella cada vez le´n apretaba con más fuerza. Ella le queriba mirá a la cara, pero le resultaba imposiblle. Un telo espeso l´emborronaba el contorno y no dixaba a las cllaras si él estaba a gusto u no entre to aquella chen. Ellos dos no diban palabra. Se limitaban a que la chen ise pasán a saludalos, como qui da el pésame. Ella, cuan no conoceba a alguno miraba cómo se despllomaba el aigua y se concentraba en la sensación de la mano de Tomás.

El último en salí de la´rmita va sé el mismo cura que los va casá. Se va acercá a los dos y les va cogé de las manos que ya cuasi llevaban apegadas. El cura va sacá de bel bolsillo un bincel y con él les va da unas güeltas a las manos. Dimpués va fe un ñudo y va di: “Lo que Dios ha chuntau…”. Ella se va sentí eufórica de gozo. En ixe istante el telo que llevaba la cara de Tomás va desapaecé y ella va podé veyé que tamé él estaba tot contento. Ella va sentí unas ganas llocas de dale un beso. Se le va posá de frente y el va mirá a los ojos. Ojos del color del brazal que, enlloqueciu, miraba d´esportillá las piedras al caé al forat. El sol ya baixaba fondo cuan ella llevantaba la barbilla y separaba un punto los labios. Pero él ni mención va fe.

Los críos habeban dixáu las pilotas y las cometas. Los agüelos tapoco teniban las bandejas ni el porrón. La campana feba el doblle bulto, y sonaba atolondrada y grave. La chen no se´n reiba como antes. Su mare se la miraba to seria. La zagala estaba pllorán entre la chen, que se arrimaba alrededor de la pareja. El cura los va torná a cogé de la mano, pero esta vez va desfé el ñudo del bincel y, cuan va acabá, les va estirá del brazo a cada uno anda que se van soltá de las manos. Ella se va mirá la suya. La va trová to sudada, con un tremolín automático. Una angunia la teniba paralizada sin podé mirá a la chen, que no feban rudio de ningún tipo. Sólo le paeceba sentí la cascada espumeán antes de desapaecé en la tierra.

Entonces, con el cura a la cabeza, to la chen va emprendé una procesión per un carrerón que baixaba per un lateral del forat. Iban agarranse a las ramas y a las piedras pa no esllisase con el bardo. Al peu mismo de la cascada, a unos pasos de una badina que n´habeba al fondo, el carrerón s´endentraba en la paré, cruzán el chorro d´aigua, y se tragaba a la chen que, con paso parello, iban seguín al cura como el que sigue al santo. La última en dentrá va sé su mare.

Palmira 4

Al cabo unos menutos, con Tomás allí mismo parau sin movese lo más mínimo, ella va llevantá la cabeza y se va fijá en que la zagala, que ya no plloraba, s´habeba quedau allí alto con ellos dos.

– “¿Qué no vas con la procesión?” –le va preguntá a la suya zagala.

– “Yo no, mamá. Yo tiengo que viví” –le va contestá, y se va da media güelta anda que va torná a dentrá a la´rmita. La campana va dixá de sentise. Entonces se va sentí relajada como no recordaba habelo estau mai y, tornanse a mirá la mano, va cerrá los ojos.

III

El rudio de la puerta la va despertá. Era Tomás. Mientras él dentraba al recibidor ella probaba a llevantase del sofá pa que no la veyese tirada allí, con la cabeza encara danle güeltas.

– Ya he llegau –va di él a media voz.

Palmira va está unos segundos parada drecha. Estaba mareada. Se va allisá la bata y va revisá una a una las orquillas del pelo. Con la punta los dedos va tratá de encertá si llevaba los ojos hinchaus. Va tomá aire per la boca anda que va notá que las costillas no le queriban cedé más. El va soltá con tal melsa que cuasi no se va acordá de tornane a cogé a tiempo. El grifo de la cocina se va ubrí, y poco dimpués un vaso de cristal chocaba contra el marmol de la fregadera. Las bolsas de comprá debeban de seguí al pasillo.

– T´he llamau al teléfono, pero no l´habrás sentiu –va escuchá que diba Tomás dende detrás de la puerta del comedor–. He teníu que marchá a mitá maitino, cuan tú estabas comprán. A mi´rmano le perdeba aceite la furgona y me´n he iu a tirale un ojo. M´han fei quedá a comé allí. He pensáu que ya te´l imaginarías.

La voz de Tomás se le representaba más suave que de costumbre. U más lejos, como si la amortiguase el mismo telo que a ella no le dixaba veyé la cara de él cuan soneaba. Se va sentí sola per primera vez en la suya vida. Sola pero tranquila. Mai habeba pensau en estaye sola. Tomás, a la suya manera, tamé era muy d´estase en casa, aunque no le fese brenca caso. Y ella, que no aspiraba a res, se sentiba acompañada per ixe home que de choven se la miraba. Tapoco podeba esllegí cambiá de vida. La suya vida era Tomás.

Tomás va dentrá al comedor con la ropa encara manchada d´aceite. Va dixá las gafas encima de la mesa y se va sentá al sillón sin pará cuenta, dixán escapá un chemec que barruntaba mal a los riñons. Palmira seguiba de peu. Él no se va fijá anda dimpués de unos segundos en que ella no habeba dicho cosa y en que seguiba parada al lau del sofá. Esllargán el brazo va tirá mano a las gafas de la mesa y, miránsela a la cara, se las va posá.

A la cabeza de Palmira van torná a sentise las campanas. La gran y la chicota. Y los mixons. Y las aiguas tratán d´esportillá las piedras.

– Me voy a divorciá.