Romano, tratante de textil, viaja a menudo entre Madrid y Sabadell para atender sus negocios. Siempre fiel a los principios tradicionales que le inculcó la familia y la moral imperante en el franquismo tardío, recibe con alivio la dispensa eclesial de poder alimentarse con normalidad en sus habituales y agotadores trayectos ferroviarios. Si bien la abstinencia le reconcilia con la santidad, permite que pequeños caprichos adornen la monotonía del viaje.

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Inesperadamente su situación de reservista le obliga a desplazarse a África para combatir, al lado de los legionarios, a los revolucionarios marroquíes. Allí, alejado de la civilizada metrópoli, descubre cómo una empresa británica surte a las tropas de preservativos para proteger sus armas, impidiendo que la fina arena del desierto penetre en ellas e inutilice sus mecanismos de disparo. Confundido por el hecho, se niega siquiera a guardárselos, considerando la idea de lo más antinatural que en ese momento se le pueda ocurrir a alguien.

Su pacatería le lleva a ser herido en un pulmón al no poder responder a un ataque enemigo, al quedarse su arma reglamentaria atascada y ser salvado in extremis por un compañero.

Retornado a la península con una condecoración y una pensión vitalicia, conoce a Lucía a través de un anuncio en un periódico. Encinta a causa de un desliz con su novio, busca pareja formal, pues ella, joven funcionaria del estado, no puede permitirse ciertas licencias.

Contrariamente a sus arraigados principios, algo le atrae de ella, y él, tullido de guerra, inicia una vida marital como cualquier matrimonio convencional.

La pequeña Selam es un torbellino, por lo que deciden no tener más que un hijo, tras lo cual, contactando con sus antiguos compañeros, se hace enviar secretamente desde Marruecos varias sacas completas de cajas de condones.