Andrea Salas nunca reparó en nada para conseguir sus propósitos.

Nació en medio de una tormenta de verano el mismo día en el que el hombre llegó a la Luna. Este acontecimiento estuvo a punto de costarle un verdadero disgusto tanto a ella como a su madre, pues la comadrona, tan eficaz como simple de espíritu, casi llegó tarde al parto por acabar de oír la retransmisión que de tal evento ofrecía la radio pública.

Criada con este anecdótico alumbramiento como tema de tertulia de cualquier comida familiar en la que no hubiera nada más importante que comentar, acabó su bachillerato con la idea clara de estudiar periodismo de investigación. Realmente lo que le apasionaba era la investigación científica, aunque sus notas de matemáticas nunca habían sobrepasado el bien alto, por lo que, adecuadamente asesorada por el orientador de turno del instituto, aunque con cierta desgana, cursó letras. Pero ningún orientador hubiera cambiar de un plumazo sus expectativas, así que aprendió inglés lo mejor que pudo y se puso a tomar ejemplo de los mejores periodistas de investigación científica del momento. Raramente distraía su mente con otros asuntos.

A los 29 años estaba a punto de agotar una jugosa beca que le había permitido pasar los últimos meses en Houston, como informadora de la carrera espacial de la NASA, merced a un extraordinario talento que le permitía alcanzar cualquier reto que se le pusiera por delante. A partir de ahí podía optar por la vuelta a casa o por despegar por sí sola. Evidentemente, sin dudar lo más mínimo a pesar de los lamentos de su madre, decidió lo segundo y, haciendo uso en este caso de otro tipo de talento, enamoró perdidamente al jefe del Departamento de Archivos, Bob Sweamond, un cuarentón con el que ya había trabajado en varias ocasiones en virtud de su puesto de becaria. Bob, minucioso ratón de biblioteca y apasionado del béisbol, lucía una prominente barriga para nada cervecera, así como una calva en avanzado estado de gestación, pero Andrea, rubia y esbelta como cualquier actriz de Hollywood, parecía no estar al tanto de estos intranscendentes asuntos morfológicos. En apariencia, a así se lo manifestaba a él, el amor está por encima de todas las cosas y, cuando dos personas sienten la una por la otra esa fuerza arrebatadora que no puede describirse más que recurriendo a la poesía, todo lo demás empequeñece y pierde su valor.

Para un solterón de clase media con dos carreras y cinco idiomas a sus espaldas, estas palabras ofrecían unas expectativas tan halagüeñas como insospechadas. Fue así que a los 32 años Andrea estaba felizmente casada, por decir algo, y disponía de una estupenda casa con jardín, perro y sirvienta hispana, con la que a menudo hablaba en inglés para no incomodar a su marido. A su vez Bob, cuyo especial carácter molestaba sobremanera a Andrea, flotaba en un sueño tras alcanzar lo que toda la vida había deseado; parecerse a los personajes de sus series de televisión favoritas, triunfadores tanto en su trabajo como en su vida familiar y, sobre todo, con una guapa esposa a la que lucir en sus reuniones sociales.

Por su parte, Andrea se dejaba llevar aparentemente por la corriente del american way of live, mientras iba estrechando su cerco sobre lo que de verdad le interesaba: los archivos secretos a los que, además de su marido, solamente siete personas podían acceder salvo que contaran con una autorización especial, la cual por otro lado raramente se concedía. En este sentido la agencia espacial era tan escrupulosa como para cuidar la seguridad de sus misiones y sus tripulantes. O al menos ésa era la consigna.

Medio año de sofisticados juegos amatorios bastaron para tener acceso a todas las contraseñas necesarias, así como a un pormenorizado esquema de la ubicación de cada documento, vídeo o artículo periodístico relativo al más importante momento de la carrera espacial. Lo demás fue cuestión de una semana de horas extras, mientras supuestamente estaba ocupada acabando de redactar su próximo artículo para una de las varias revistas de divulgación con las que solía colaborar. Durante esos días se prodigó en atenciones para con su marido, el cual, lejos de sospechar nada, le hablaba de niños correteando por el jardín y de una vejez compartida en algún pueblecito costero.

Fonz ChuandefonzDe la noche a la mañana, con una maleta llena de copias de todos los tipos, embarcaba rumbo a España. Varias agencias de noticias estaban convocadas a una rueda de prensa, y el director de la agencia espacial europea había sido avisado e invitado personalmente. A su llegada a Barajas se topó con los primeros periodistas a los que nada dijo. Uno de ellos le comentó que, durante el vuelo, la embajada americana había emitido un comunicado en el que alertaba de una posible filtración de información falsa y manipulada a la prensa, la cual comprometía gravemente el crédito del que gozaba el pueblo de los Estados Unidos, amante siempre de la libertad y de la defensa de la verdad hasta sus últimas consecuencias.

Esa noche durmió placenteramente, agotada como estaba del viaje y de los frenéticos días anteriores. A las nueve de la mañana las televisiones de todo el mundo emitían la imagen de Andrea intercalada con fotocopias de documentos sobreimpresos con las letras SECRET, así como con algunos vídeos en los que aparecían unos astronautas en la Luna mientras eran ayudados a ponerse sus cascos por unos operarios de televisión.