No veo bien tu cara, estoy confuso,
es como si la muerte se interpusiera entre
los dos y no me dejara apreciar tus detalles.

Acércate más, por favor, quiero saber si
realmente estás ahí, si todavía te acuerdas
de mí, como en los viejos tiempos, cuando
los dos paseábamos por aquellos solitarios
páramos en busca de alguna estrella fugaz
que convirtiera en realidad nuestros sueños.

Sí, guardo en mi memoria todavía
aquellos buenos momentos que pasamos
juntos, de la mano, silenciosos, callados,
sin necesidad de hablar, mirando los dos
hacia algún desconocido punto que en el
infinito parecía guardar todas las respuestas.

Sin embargo mi mente alberga una tormenta
ahora, hay huracanes que levantan del suelo los
recuerdos que un día enterramos juntos, la
lluvia empapa nuestros días de verano, el barro
cubre la luz de tu mirada, y ríos inmensos y
desbordados de soledad inundan mi corazón.

Es tarde ya para vivir. La hora de la muerte
espera en mi reloj una señal, un simple guiño
del destino para dar su campanada mortal
y apartarme de ti para siempre. No la
temo, pues sé que ni ella misma será capaz
de hacerme olvidar esos eternos segundos que
he pasado con mi cabeza apoyada en tu regazo.

Adiós, amor mío, prometo recordar tu cara
después de haberme ido.