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Telma mostró su admiración por mi casa. Es un lugar bien cuidado, lo reconozco, pues yo mismo me encargo de su mantenimiento. Me gusta ser meticuloso con todo, y más que nada con mi trabajo. Podo los setos, repinto la valla de madera, arreglo los parterres. Siempre me relaja la labor bien hecha.

Preparé una comida ligera mientras Telma me miraba apoyada en la puerta de la cocina. Ensalada de brotes tiernos y un pescado a la plancha que acompañé con una pasta fresca aromatizada. No tomamos ningún tipo de postre. Yo me serví un café solo y ella me pidió una manzanilla con anís. Pasadas las cuatro de la tarde decidimos subir a mi habitación del primer piso. Es la más amplia y la que mejores vistas tiene, pues la balconada recorre dos de sus paredes, lo que me permite divisar tanto las luces de la ciudad como los reflejos de la bahía. Le indiqué el camino que debía seguir y me disculpé unos instantes, que aproveché para cortar un par de rosas del invernadero. Ella me agradeció el detalle a la vez que las tomaba junto con mi dinero.

file533a6ac9bffb0Telma siempre ha sido muy paciente conmigo. Cuando comencé a vestirme ya estaba todo oscuro en el exterior de la habitación. Mis vecinos más próximos viven a un par de kilómetros, y no pude apreciar que hubiera ninguna luz encendida en aquella dirección. Los sábados por la tarde nunca llegan a su casa hasta bien entrada la noche. Le ofrecí a Telma una bebida y esta vez me pidió un whisky con hielo. Yo me acabé el café que había sobrado de la comida. Se vistió lentamente mientras iba dando pequeños sorbos al vaso. Yo le apremié para que bajáramos a la primera planta. Cuando llegamos ella estaba empezando a sentirse mareada. Al principio lo achacó al whisky, pero yo le juré que era de la mejor calidad. Tuve que enseñarle la botella para que se convenciera, pero seguía intranquila. Mientras se sentaba torpemente en uno de los sofás le dije que no se preocupara por nada, que era médico. Es verdad, nunca me había preguntado a qué me dedicaba. Estoy seguro de que para ella yo debía de ser un poeta, o mejor, un ingeniero.

Telma soltó su suspiro final poco después de las siete, no sin antes tratar de convencerme, en un último intento desesperado, de que se llamaba Ágata, mientras se retorcía sobre la alfombra del salón. Pero aquello no tenía ningún sentido, claro. Si se llamara Ágata sería una puta, como las otras.

Telma está tranquila. El camillero la ha dejado sobre la mesa, cubierta con la tela plástica. Su pie izquierdo asoma, y su antebrazo del mismo lado se descuelga por el mármol. He pedido al ayudante que vaya a comprar un ramo de flores y que me las coloque en la estantería que hay al lado del lavabo. A Telma le gustan la decoración recargada y las flores.

Por primera vez me siento algo incómodo al comenzar una autopsia. Es algo rutinario y además ya sé el resultado de antemano, como con las otras putas. Pero yo a Telma la quería. Si al menos se llamara Ágata.

Fin