Yo amaba a Telma. A las otras mujeres con las que he tenido relaciones durante toda mi vida nunca he llegado a tenerles el más mínimo aprecio, pero con Telma era distinto. Las otras eran sólo unas prostitutas baratas sin clase, a pesar de lo que ellas quisieran aparentar conmigo. Pero yo tenía muy claro con quién me estaba gastando mi dinero, y no me importa reconocerlo. A ellas les agradaba pensar que yo me sentía impresionado por sus abrigos de piel de zorro, o por fumar cigarrillos de importación balanceándose por la acera sobre estrechos tacones. Pobres desgraciadas.

A Telma le puse el nombre yo, quiero decir, que no era su verdadero nombre. Digo esto porque nunca conocí realmente cómo se llamaba. Ella no quiso decírmelo por más que yo se lo preguntara cada vez que nos veíamos. Decía que así era todo más informal, y tal vez tuviera razón. A ella le gustaba que la llamara así, y a mí, a falta de algo más concreto, me servía. Alguna vez tuve la tentación de buscar su nombre en el buzón, pero en el fondo yo disfrutaba de ese anonimato fingido, y además me pareció que aquello hubiera supuesto violar algo muy sagrado, impropio de un caballero.

heels-2Conocí a Telma una tarde en la primavera de abril, tras la resaca del invierno, cuando ya es posible tropezarte por el parque con esos impertinentes que juegan al balón sin reparar en si estás escuchando a Vivaldi o leyendo a Kafka. Y de los ciclistas mejor ni hablo porque me pongo enfermo. La conocí, como digo, una tarde. Primero por el anuncio del periódico, y un par de horas más tarde en el apartamento de unos cincuenta metros cuadrados en el que trabajaba. Éste tan sólo tenía un dormitorio, pero una amplia cocina comedor le daba al conjunto un aire de desahogo que no se correspondía con la realidad. Un completo baño y un recibidor excesivamente decorado, para mi gusto, completaban el escenario de nuestros encuentros. Algunas tardes, si Telma no tenía prisa, me quedaba con ella un rato más mirando desde la ventana del dormitorio a la gente que salía cargada con bolsas de los grandes almacenes que había al otro lado de la calle.

En general el edificio era discreto y, cuando alguna vez coincidí con algún vecino en el ascensor, el ambiente fue lo suficientemente cordial como para que acabara por gustarme aquel barrio en el que vivía la mayoría de las familias de clase alta de la ciudad. Solamente un par de veces escuché a lo lejos el ladrido apagado de algún perro.

Con Telma he estado algo más de un año y medio. Desde luego mucho más que con cualquiera de las otras. Pero bien es cierto que a ella la quería, como dije antes. Nunca he sabido explicarme cómo pude enamorarme de ella. Una vez llegué incluso a pensar en preguntárselo. Quizás con su experiencia con los hombres pudiera haberme ayudado de alguna manera, pero preferí dejar las cosas como estaban. Nunca he sido partidario de cambiar lo que funciona, y a mí Telma no me parecía el tipo de mujer que pudiera entender un amor como el mío. Es más, bajo sus labios pintados de rojo intenso se escondía una frágil criatura que necesitaba de toda mi protección. Tal vez por esto en algún momento creí que el secreto de su nombre era lo que me atraía de ella, pero esta idea me resultaba absurda, porque ella era Telma. Así que decidí acostumbrarme a ese sentimiento inaudito en mí, como el que se acostumbra a ser calvo, pongamos por caso. Tampoco es que me molestara haberme enamorado de ella. Bien es cierto que algún cambio se obró en mí, como esa manía casi enfermiza de comprarle flores cada vez que iba a verla. Ella acabó considerándolo algo natural, y con el mismo desprendimiento tomaba mi dinero y mis flores.

Hace tres días la invité a visitar mi casa. Ella se rió cuando le propuse enseñarle dónde vivo, y hasta diría que le pareció divertido. Quedamos al día siguiente, un sábado por la mañana de un otoño más inquieto que de costumbre. La recogí en un cruce céntrico con mi viejo Mercedes y estuvimos hablando animadamente la hora larga que tardamos en llegar. Hizo un pequeño comentario acerca de que vivía muy alejado del centro, pero no respondí. Mi privacidad está muy por encima de mi trabajo y de mis clases en la Universidad. En algunos tramos del camino, desordenadas ráfagas de viento esparcían las hojas de las cunetas.

Nadie salió a recibirnos, pues vivo solo. Tampoco tengo animales de ningún tipo, y aunque reconozco que algunos perros pueden mostrarse algo cariñosos, los animales en general me repugnan, sobre todo los gatos. Mi madre tenía dos gatos enormes paseándose por la cocina a todas horas.

Ahora que lo pienso, qué casualidad que Telma se llamara como mi madre.

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