En la selva de la muerte
de las almas de metal
vigila todos tus pasos
una bestia animal
con cien ojos en su frente
o doscientos, si no más.

Escudriña tu mirada
como quien mira hacia el mar,
imaginando las olas
que aún están por llegar.

Te sigue en todo momento
como una sombra fugaz
agarrado a tus entrañas
sin dejarte escapar.

No tiene nombre, y en cambio
tú lo llamas sin parar
cada vez que, aún sin quererlo
te inclinas hacia el mal.