Caen sobre el cementerio
las doce del mediodía
adornadas con un manto
de esperanza y alegría,
caen las últimas flores
sobre las tumbas caídas,
y las lágrimas y llantos
que no se dieron en vida.
Día de Todos los Santos,
fecha sin duda maldita,
recuerdo de los difuntos,
memoria casi perdida.
Los vivos a la intemperie,
los muertos en sus guaridas,
las almas de unos y otros
por la tierra sacudidas
van caminando en silencio
entre las cruces, tan frías
como frías son las almas
que en el lugar se dan cita.
Don Antonio con un ramo,
lo propio doña Francisca,
ambos cruzando el camino
de la Tierra Prometida,
y en un intervalo corto
pero vital, enseguida
él se dirige hacia ella
con toda su cortesía:

– Visitando a algún difunto
supongo, señora mía.
– Razón tiene, caballero;
quien fue mi esposo en su día
yace bajo estas flores
esperando mi partida.
– De la misma forma yo
visito de día en día
a la que fue mi señora,
toda bondad y alegría.
– Es triste quedarse solos.
– Cierto, y usted que lo diga,
aunque es ése un problema
de solución bien sencilla.
– ¿Qué trata usted de decir?
– Permita, señora mía,
primero que me presente;
ante todo cortesía.
Don Antonio es mi nombre,
a sus pies, para servirla.
– Acepto el ofrecimiento;
llámeme doña Francisca.
– Volviendo al punto anterior,
como ya antes decía,
sencillos son los problemas
de soledades tardías.
Usted ahí sin su amado,
yo aquí sin mi querida,
los dos ya en la plenitud,
en callejón sin salida,

abocados sin remedio
hacia un fin que se avecina.
– Cierto es eso, don Antonio,
triste verdad suya y mía.
Implacable es el destino
ése que a todos domina.
– Digo pues que, dado el caso
espero que me permita
verla a usted de vez en cuando,
para olvidar la fatiga
que crea la soledad.
– Sea pues su compañía
aceptada de buen grado.
Nada hay que nos impida
compartir el mucho afecto
que todavía anida
dentro de nosotros mismos.
No hay edad para la vida.
Ella casi con setenta,
él hará cien algún día,
y los dos tan juveniles,
siempre con esa sonrisa
pícara que los envuelve
en sus ratos de alegría,
en los paseos del parque,
entre anchas avenidas,
sobre el lago, con los cisnes,
bajo la luna bendita,
sumergidos en su mundo,
olvidando la agonía
que produce el estar solos
en esta vida maldita.
Él un niño juguetón,
ella feliz; una niña.
Son un simple corazón
y dos almas compartidas,
dos caminos que se juntan
sobre tierras ya baldías,
uniendo en un mismo puño
las cosas ya aprendidas,
las que faltan por saber
y las que nunca se olvidan.
El tiempo se hace corto
cuando el amor encandila,
se ciegan los pensamientos
y el aire que se respira
huele a flores silvestres,
a rosas y a camomilas.
Ya no pasan los segundos,
no hay minutos, horas, días,
todo es como en un sueño;
la magia está servida.

– Te amo, querido Antonio.
– Y yo te adoro, Francisca.
– Sencillos son los problemas.
– No hay edad para la vida.