Van mis pasos tan cansinos,
veo mis manos tan quedas,
mi corazón tan vacío
y mi paz tan llevadera
que creo sinceramente
de una forma certera
que en cualquier momento de estos
llama la muerte a mi puerta.

Llamará sin avisarme,
sin molestar; tan siquiera
un leve toque, una chispa
que encienda la chimenea
infernal de los abismos
sórdidos bajo la Tierra.

Será todo inesperado,
imprevisto, más si llega
en verdad la fatal hora
diré con toda entereza:

“Heme aquí muriéndome,
vedme, gentes, ya me llevan
al otro lado del muro,
lejos, pero aun así cerca.

No lloréis por mí, os pido
que no carguéis con la pena;
lo que no tiene remedio
a nadie le pide cuentas
y lo que sí que lo tiene
como si no lo tuviera.

Todo estaba ya escrito,
vedlo si no aquí; mi letra
es el mejor testimonio
que de mi vida os queda.

Adiós pues, os dejo ya
que allá arriba me esperan.

Tardad cuanto más mejor
en visitarme. De veras.”